E.P.E. - Escuela Pedagógica Experimental
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Padres EPE, en la Escuela.

Lunes 23 de agosto de 2010

De nuevo una madre de familia comparte su conocimiento con los niños del nivel de su hijo. Otra experiencia más que acerca y hace posible la presencia de los padres de familia en la vida de la EPE. Ella envió dos mitos ancestrales para compartir con toda la comunidad EPE

Liliana Moreno Acevedo, antropóloga y madre de familia de Eduardo, estudiante del nivel 6RM, estuvo el viernes pasado conversando con los chicos, aportando desde su experiencia al proyecto de aula sobre el agua que la directora de este grupo, Rosa María Galindo, viene adelantando con su nivel.

LOS GUAMBIANOS NACIMOS DEL AGUA Primero era la tierra... y eran las lagunas, grandes lagunas. La mayor de todas era la de Nupisu (Piendamó), en el centro de la sabana, del páramo, como una matriz, como un corazón; es Nupirrapu, que es un hueco muy profundo. El agua es vida.

Primero eran la tierra y el agua. El agua no es buena ni es mala. De ella resultan cosas buenas y cosas malas. El agua es vida. Nace en las cabeceras y baja en los ríos hasta el mar. Y se devuelve, pero no por los mismos ríos sino por el aire, por la nube. Subiendo por las guaicadas y por los filos de las montañas alcanza hasta el páramo, hasta las sabanas, y cae otra vez la lluvia, cae el agua que es buena y es mala.

Allá arriba, como la tierra y el agua, estaba él-ella. Es el Pishimisak, a la vez masculino y femenino, que también ha existido desde siempre, todo blanco, todo bueno, todo fresco. Del agua nació el kosrompoto, el aroiris que iluminaba todo con su luz; allí brillaba, el Pishimisak lo veía alumbrar. Dieron mucho fruto, dieron mucha vida. El agua estaba arriba, en el páramo. Abajo se secaban las plantas, se caían las flores, morían los animales. Cuando bajó el agua, todo creció y floreció, retoñó toda la hierba y hubo alimentos aquí. Era el agua buena.

Antes, en las sabanas del páramo, el Pishimisak tenía todas las comidas, todos los alimentos. El-ella es el dueño de todo. Ya estaba allí cuando se produjeron los derrumbes que arrastrando gigantescas piedras formaron las guaicadas. Pero hubo otros derrumbes. A veces el agua no nacía en las lagunas para correr hacia el mar, sino que se filtraba en la tierra, la removía, la aflojaba y entonces caían los derrumbes.

Estos se desprendieron desde muchos siglos adelante, dejando grandes heridas en las montañas. De ellos salieron los humanos que eran la raíz de los nativos. Al derrumbe le decían pirran uno, es decir, parir el agua. A los humanos que allí nacieron los nombraron los Pishau.

Los Pishau vinieron en los derrumbes, llegaron en las crecientes de los ríos. Por debajo del agua venían arrastrándose y golpeando las grandes piedras, encima de ellas venía el barro, la tierra, luego el agua sucia; en la superficie venía la palizada, las ramas, las hojas, los árboles arrancados y, encima de todo, venían los niños, chumbados.

Los anteriores nacieron del agua, venidos en los shau, restos de vegetación que arrastra la creciente. Son nativos de aquí de siglos y siglos. En donde salía el derrumbe, en la gran herida de la tierra, quedaba olor a sangre; es la sangre regada por la naturaleza, así como una mujer riega la sangre al dar a luz a un niño. Los Pishau no eran otras gentes, eran los mismos guambianos, gigantes muy sabios que comían sal de aquí, de nuestros propios salados, y no eran bautizados.

Ellos ocuparon todo nuestro territorio, ellos construyeron todo nuestro Nupirau (territorio) antes de llegar los españoles. Era grande nuestra tierra y muy rica. En ella teníamos minas de minerales muy valiosos, como el oro que se encontraba en Chisquío, en San José y en Corrales, también maderas finas, peces, animales del monte y muchos otros recursos que sabíamos utilizar con nuestro trabajo para vivir bien.

Grande, hermoso y rico era nuestro territorio. Los españoles lo fueron quitando, hasta arrinconarnos en este corral de hoy: el resguardo.

Los Pishau ocuparon todo este inmenso espacio, incluyendo la ciudad de Pupayán. La historia de los blancos dice que esta ciudad fue fundada por Belalcázar, pero no es cierto. Cuando llegaron los españoles ya la ciudad existía bajo el sol, creada siglos adelante por nuestros antiguos. Largas guerras, tremendos esfuerzos, enormes crímenes fueron necesarios para que Ampudia y Añasco vencieran al cacique Payán y le dieran muerte, tomando nuestra ciudad. Pero Yasken y Kalampas los arrojaron de allí, haciéndolos huir hacia el norte, hasta Jamundí. Más tarde, capitaneados por Belalcázar, enfrentaron de nuevo a nuestra gente, a los namuy misak, hasta derrotarla en una batalla que duró treinta días, realizada en Guazabara; murió en ella Kalampas. Aún así, el español debió conseguir refuerzos para vencer a nuestro cacique Piendamú y retomar la ciudad.

Así cayó Pupayán, nuestra ciudad, nombre que en la lengua de los wampi, la nuestra, quiere decir "dos casas de pajiza", significando la reunión de las dos mitades de nuestro pueblo en esa población.

La derrota lanzó a los Pishau, nuestros antiguanos, lejos de Pupayán. Más tarde también serían sacados de Silvia y arrojados de Cacique, en donde se habían refugiado, obligándolos a penetrar en lo profundo de las montañas. De esta raíz, y en no se sabe cuántas generaciones, venimos los guambianos. Nosotros somos de aquí, de esta raíz; somos piurek, somos del agua, de esa sangre que huele en los derrumbes. Somos nativos, legítimos del Pishimisak, de esa sangre. No somos venideros de otros mundos. Los blancos... ellos son los venideros.

Adaptado de: Dagua, Abelino, Aranda, Misael y Vasco Luis Guillermo: En el segundo día, la gente grande (Numisak) sembró la autoridad y las plantas y, con su jugo, bebió el sentido. En: Encrucijadas de Colombia Amerindia, ICANH, 1993.

EL ORIGEN DEL AGUA – MITO EMBERA

Caragabí brotó de la saliva del dios Tatzitzetse, quien creó ocho mundos: cuatro superiores y cuatro inferiores. Nuestro mundo, que es el mundo de Caragabí, es el más bajo de los cuatro mundos superiores.

Aunque el mundo de Caragabí era muy hermoso, tenía sin embargo un defecto: le faltaba agua. El mismo Caragabí sentía mucha necesidad de este elemento. Soñó tres veces que había agua en el mundo, pero ignoraba el punto fijo; en su sueño, Caragabí tenía una paloma que andaba afanosa en busca de agua para su dueño y al fin la consiguió, pero no en este mundo, sino en otro, cuyo soberano se llamaba Orré.

Caragabí soñó de nuevo que había agua en su mundo. Después de este segundo sueño, Caragabí ordenó a un domineju (pájaro mosca) que averiguara el lugar del agua. Algunos varían la narración diciendo que el mismo dios se convirtió en pájaro para sorprender más fácilmente al dueño del agua. Lo cierto es que el domineju divisó dentro de la concavidad del árbol Jenené a Jentzerá bañándose. Aquella inmensa concavidad hermética cerrada con una puerta de piedra, estaba llena de agua cristalina y surcaban por sus ondas vistosísimos peces con que se alimentaba Jentzerá. Caragabí soñó, o mejor dicho le mostraron en sueños que Jentzerá era una mujer mezquina y miserable que se negaría a prestarle agua.

Efectivamente, Caragabí se presentó al pie del árbol Jenené pidiendo agua, pero Gentzerá no se dignó abrirle la puerta ni contestarle. Por tres veces repitió la súplica, y ella siempre le contestó con el silencio.

Indignado, Caragabí derribó parte de la concavidad y arrojó de su palacio de agua a Jentezerá, que salió llorando. Caragabí, en castigo de su mezquindad la apretó fuerte por el abdomen y la convirtió en hormiga (por eso las hormigas tienen la cintura tan estrecha) y quedó condenada a cargar siempre una gota de agua en la boca.

Pero esto no fue suficiente. Para obtener el agua era necesario derribar el árbol. Construidas unas hachas de piedra, fue Caragabí con toda su gente a derribar el Jenené, pero les sobrevino la noche sin haber logrado su intento. Volvieron al día siguiente y encontraron el árbol misterioso sin ninguna señal de las incisiones del día anterior.

Animados por el deseo del agua, comenzaron de nuevo el derribo. Al llegar la noche, aún les faltaba mucho para acabar de cortar el Jenené, pero Caragabí, frotando sus manos, produjo una luz clarísima que iluminó todo el derredor del árbol, por lo cual pudieron trabajar toda la noche. Al tercer día, como a la media mañana, acabaron de cortar el árbol.

No por esto quedaron vencidas todas las dificultades. El Jenené quedó enredado en unos bejucos que impidieron que cayera del todo y fertilizara el mundo con sus aguas. Caragabí se vio en otro conflicto. Llamó a varios animalitos que entonces aún eran seres racionales (porque antiguamente los animales eran gente como los hombres), para que se encaramaran por las ramas del Jenené, a fin de cortar los bejucos que impedían la caída del árbol. Todos ellos habían de subir con una fruta en la boca, y el que cayera antes que la fruta al suelo, sería el poderoso que había de tumbar definitivamente el gigantesco árbol.

El primero que subió fue un mico llamado Yerré, pero no pudo. Le siguió el mono llamado Zrúa, pero tampoco obtuvo resultado. Luego subió una ardilla, llamada por los embera Chidima, que desenredó las ramas del Jenené y como era tan minúsculo este animalito, cayó al mismo tiempo con la fruta que llevaba y con el árbol que contenía la tan codiciada agua.

Al brotar las aguas del Jenené se inundó toda la tierra y arrastraron sus ondas todos los vivientes, menos a Caragabí y diez personas más que se salvaron en una elevada peña a donde no alcanzaron las aguas .Un año duró de inundación, al fin del cual Caragabí mandó a una garza que averiguara si había quedado algún punto bueno para vivir.

La garza encontró mucho pescado y, cebada en aquel alimento, no volvió. Mandó de nuevo un gallinazo, el cual tampoco volvió por haberse quedado comiendo peces muertos. Envió en tercer lugar a un patogujo (pato de monte) que se entretuvo comiendo un pescado que llaman guacuco, sin acordarse de cumplir el mandato de Caragabí.

Burlado Caragabí por aquellos desobedientes mensajeros, acudió a su poder omnipotente. Escupió dos veces al suelo y cubrió su saliva con una totuma; en seguida la saliva se convirtió en una blanquísima paloma y ésta fue la fiel mensajera que trajo a Caragabí la noticia de lo que estaban haciendo los mensajeros que la precedieron, y la que dio con el lugar que podía ser habitado por los supervivientes del diluvio. Al momento Caragabí y las otros diez personas abandonaron la peña y se fueron a donde les indicó la paloma. De la inmensa concavidad de Jenené procede el mar; de sus ramas, los ríos; de sus brotes, los riachuelos que corren por las quebradas; y de sus renuevos pequeños, los charcos. El tronco de este árbol Jenené existe todavía, pero en un lugar desconocido para ellos. A sus cuatro lados hay cuatro cirios encendidos de una piedra muy fina, llamada mompahuará, que arderán hasta el fin del mundo.

Adaptado de: http://www.colombia.com/colombiainf...

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